Papá:
Siempre creí que yo no tenía nada que sanar contigo. Que mamá era la que había sido una bruja cruel que a punta de gritos e insultos había roto en mil pedazos mi corazón, y que tú eras ese caballero de la armadura perfecta divertido y genial. Todo iba bien papá, hasta que me casé. Y empecé a repetir a mi madre, a sentirme exhausta, cansada, ignorada, no apreciada, no valorada, enojada y sin ganas de vivir.
