No es necesario ser perfectos para ser felices.
La perfección es un ideal que ni siquiera los artistas logran
conseguir, puesto que, a veces, es ese matiz de imperfección lo que dota
a las obras de una belleza única e irrepetible.
Ahora bien, en
ocasiones, caemos en el error de aspirar a esos objetivos que nos marca
la propia sociedad: tener un cuerpo perfecto, una casa perfecta, un
trabajo perfecto y unos hijos perfectos…
Si lo has intentado en
alguna ocasión, si te has dejado llevar por esos ideales, habrás
descubierto sin duda el alto precio que se paga por ello: infelicidad,
baja autoestima y la sensación de que perdemos el control de nuestra propia vida.