Las trampas del ego vetan nuestra felicidad. Porque esta esencia de nuestro ser nunca está satisfecha, nos anestesia con sus demandas, sus miedos y sus artimañas, nos aboca a un apego insano hasta situarnos en una eterna zona de confort donde nada acontece. Debemos ser capaces de higienizar el ego para hacer de él ese tendón psíquico extraordinario que favorezca nuestra libertad.
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