La coacción emocional a la que nos someten las tecnologías de la inmediatez como el whatsapp está acabando con los principios de una buena comunicación. Es habitual encontrarse en numerosos conflictos con personas que exigen cierta fluidez en la conversación.
No estamos obligados a contestar pero, sin embargo, moralmente se nos presiona para ello. Esto termina por “quemarnos” y hacer de nuestros contactos con los demás una verdadera odisea.
Por
ello conviene elaborar estos derechos tecnológicos y hacer valer
nuestros deseos. Empecinarnos en cumplir las expectativas de los demás
acaba por agotarnos, intoxicarnos y mermar nuestra identidad.