13 de febrero de 2017

Los Eneatipos En El Eneagrama De La Personalidad (Del 6 Al 9)

Eneatipo 6: Miedo – El leal


Pasión dominante: Miedo

El Seis se ha identificado en exceso con el miedo, de tal manera que gran parte de su forma automática de ir por el mundo se deja arrastrar por éste.

Una de las consecuencias directas de esta pasión es la respuesta ansiosa que este eneatipo experimenta interiormente. La angustia podría parecerse a la sensación de que, en cualquier momento, el techo se le va a desplomar encima.


Aquí, la ansiedad podría definirse como una respuesta al miedo no identificado, la cual hace que se disparen las defensas de autoprotección y las alarmas para la supervivencia, sin saber muy bien de dónde viene la amenaza.

El conocido como el Leal, también a veces como el Cobarde, tiende a volcarse en el futuro y cualquier preocupación suele derivar en sintomatología ansiosa, como la incapacidad para conciliar el sueño, la tensión y el agotamiento que puede generar una mente llena de pensamientos obsesivos.

Hay diferentes formas de reaccionar ante el miedo, lo cual nos hace plantear la existencia de dos variantes más dentro de esta estructura de carácter, muy diferente una de otra:

    El Seis fóbico: tiene por tendencia contraerse y encogerse ante el miedo, buscando las zonas de seguridad donde la amenaza pueda ser disipada. Prefiere evitar los callejones oscuros, asegurarse de cerrar la puerta con llave o, en general, no correr riesgos innecesarios. Actúa con especial cautela, se vuelve cálido, modesto y tiende a ser más dócil y disciplinado con respecto a las normas y a la autoridad, con la finalidad de evitar el castigo.
    El Seis contra fóbico: ante la amenaza, aparentemente se crece y, como reacción, se anticipa a plantarle cara al miedo. Si percibe la posibilidad de que surja alguna hostilidad, saca las garras. Prefieren dar el primer golpe a que el otro le pille desprevenido. Suele ser más rebelde que el de la variante fóbica y adopta una postura agresiva y desafiante. Suelen ampararse en una imagen atractiva de fuerza y dureza.

A pesar de que suele haber una cierta estabilidad en la manera de reaccionar ante el miedo, la fobia y la contra fobia pueden ser vistas como una única dimensión por la que el Seis discurre, de tal manera que se pueden ir alternando con el tiempo ambas actitudes.

Suele darse una interiorización de las normas establecidas, sobre todo en la variante fóbica, de tal forma que se siente incapaz de quebrantar las leyes. Todo tiene un orden establecido y un procedimiento por el cual llevar las cosas a cabo.

La autoridad es un símbolo del poder castigador. Tiende a ser muy cumplidor con los jefes, cuerpos de seguridad o quienes ostentan los más altos puestos en la jerarquía, a la vez que se crecen ante quienes se sitúan por debajo en el orden piramidal.

En la variante contra fóbica se combina la lealtad con una actitud más desafiante, cuestionadora y rebelde ante quienes poseen dicha autoridad legal o moral.

Se le apoda “El Leal” debido a la constante fidelidad que muestra a sus amigos, personas queridas y a sus propias creencias.

Esta lealtad en gran parte también está condicionada por el miedo. Ante la necesidad de aferrarse a algo seguro, defiende a capa y espada las relaciones en las que encuentra un soporte externo y también aquellas ideas o principios que le permiten dormir tranquilo, pudiendo llegar incluso al fanatismo.

La necesidad de crear relaciones de dependencia donde sentirse seguro convive a la vez con su tendencia a la desconfianza.

El Seis busca recibir apoyo, aunque sin ser avasallado. Espera que los demás lo tengan en cuenta, mas no desea generalmente sobresalir ni ser el centro de atención. Necesitan saber que pueden contar con los demás, pero también es imprescindible mantener cierta distancia.

Cuando se disparan sus alertas ante la proximidad no deseada de una relación, cuando se siente en el punto de mira, nace la desconfianza. Esto generará una lucha interna entre el deber (la lealtad al otro y su firmeza en no fallarle) y el miedo generado (la desconfianza que subyace en cuanto a las intenciones de los demás).

Sin embargo, dejarse llevar abiertamente por sus impulsos belicosos podría hacer peligrar el amparo que obtiene de los demás. Por ello mismo, crea relaciones cálidas en forma de protección al otro o donde él mismo se sienta protegido.

Al estar muy volcado en el futuro, invierte únicamente en aquello que le da garantías y proporciona seguridad. A veces lo busca en el matrimonio, en un grupo de amigos u otras veces en libros de autoayuda o grupos políticos, sociales o religiosos que le sirven de referencia.

Es propenso a meterse en planes de pensiones, inversiones seguras o embargarse en estudiar oposiciones con el fin de obtener un trabajo seguro y para toda la vida. También pueden llegar a proveerse de ciertos suministros en demasía debido a una prudencia exagerada, por miedo a si se agotaran sus reservas en caso de necesidad.

Tiene un radar interno que le sirve como localizador de problemas. Posa su mirada en el mundo bajo una actitud de catastrofismo. La anticipación al peligro es necesaria para prepararse a la adversidad y sentirse más capacitado ante los problemas emergentes.

Fijación

Este eneatipo suele convivir de forma continua con la duda. Esta ambivalencia le lleva a perderse en la indecisión, a dar vueltas una y otra vez a las diversas opciones disponibles y a cuestionarse cuál es la más correcta.

Quizás podría quedarse un buen rato decidiendo que camisa comprarse o bien qué plan llevar a cabo. El caso es que la incertidumbre, generada por la ansiedad y por el miedo, también inunda sus propias creencias cuando no encuentra un apoyo externo, llegando a verdaderas batallas mentales.

El Seis es un experto en buscar segundas intenciones en los demás. Puede llegar a leer entre líneas a través de una suspicacia muy desarrollada que, en muchas ocasiones, propicia el pensamiento paranoico.

En base a las preguntas que surgen en la mente a razón de la desconfianza, surgen interpretaciones mentales de lo observado, llegando a elaborar hipótesis a veces muy retorcidas acerca de la mala intención de los demás.

Suele pensar antes de actuar. La excesiva prudencia, debido a la inseguridad en uno mismo, le lleva a postergar la acción continuamente.

Sin embargo, esta tendencia a la mesura se suele combinar puntualmente con actitudes rebeldes y temerarias que le sirven como vías de escape a su propia impulsividad reprimida. Por ejemplo, podría dejarse llevar en situaciones que despertaran su adrenalina, como la conducción brusca e imprudente.

Teoriza mucho y tiende a indagar en fuentes de información fiables para llenarse de datos y conocimientos, lo cual le permite sentirse más seguro y con mayor certeza a la hora de hablar o de actuar.

Al estar en la tríada del pensamiento, reprime sus impulsos, los cuales son acallados tras una continua racionalización. Vive con un excesivo culto a la mente, ya no sólo en cuanto a acumular conocimientos, sino como instrumento para procesar la realidad.

Se alza a la mente por encima de cualquier otra opción. Tiende a ser un devoto del pensamiento empírico, con resistencias a la hora de aceptar otras posibles realidades fuera de lógica y sentido común.

Podría llegar a  aceptar principios emocionales, sociales o espirituales que escapan a la razón si con ello se siente integrado en un grupo de referencia. Sin embargo, al ser un cuestionador nato, entra en un conflicto interno entre el amparo del grupo y la desconfianza en los principios que promulgan los demás.

Algunos de los pensamientos más comunes e interiorizados en este eneatipo podrían ser:

    Es mejor estar seguro antes de actuar.
    Piensa mal y acertarás.
    Para las buenas o para las malas, los demás pueden contar conmigo.
    Más vale prevenir que curar.
    Las normas se han establecido por el bien común y hay que cumplirlas.

Miedo básico

El Seis teme básicamente encontrarse perdido, abandonado y desorientado, sin una guía o referencia estable hacia la que poder encaminar sus pasos.

La necesidad de diferenciar entre lo que es correcto y lo que no, le lleva en muchas ocasiones a trasladar la autoridad hacia fuera. Por ello mismo, necesita y se siente seguro con unas pautas externas sobre cómo actuar de forma correcta.

En diversas ocasiones suele integrarse en grupos religiosos, políticos o instituciones reglamentadas que fijen las reglas.

Otras veces simplemente se apoya en las normas sociales (leyes, protocolos, tradiciones…) para apaciguar la falta de orientación interna y la inseguridad.

En muchos sentidos pierde su propia orientación, la voz interna que le llevaría a permanecer en su centro. Por esto mismo, cuando no encuentra un punto de referencia externo, entra de lleno en la duda, la cual dispara la ansiedad y la angustia.

Mecanismo de defensa

Este eneatipo presenta como principal mecanismo de defensa la proyección, a través del cual las emociones, los pensamientos y las intenciones no reconocidas en él mismo son atribuidos a los demás.

La propia inseguridad se traslada hacia el exterior, hacia las otras personas, quienes pueden en cualquier momento fallarle o bien causarle algún daño.

El Seis ha aprendido a reprimir sus impulsos, por ser interiorizados como algo negativo o inadecuado en uno mismo. La proyección hace que dicha amenaza interna no aceptada se vuelque hacia los demás.

A través de este mecanismo, consigue aliviar la propia carga, el conflicto interno entre una rígida estructura mental y los propios impulsos, los cuales son percibidos como una amenaza.

Al no aceptar en muchas ocasiones dicho conflicto interno, consigue creerse que el causante de su malestar y de su inseguridad, por fuerza, ha de ser alguien o algo externo. Eludir la propia culpa hace que se muestre a la defensiva y adopte una postura victimista.

Secundariamente, es capaz de abandonar su posición de fragilidad, propia de la victimización, e incorpora en sí mismo el peligro externo.

A través de este mecanismo de defensa, denominado “identificación con el agresor”, si se siente amenazado, el Seis acabará convirtiéndose él mismo finalmente en una amenaza para el otro.

Ante esta idea de “la mejor defensa es un buen ataque”, se podría considerar como ejemplo el empezar una pelea cuando se atribuye a la otra persona intenciones hostiles.

Infancia

El niño Seis ha recurrido a reprimir con culpabilidad sus propios impulsos para sentirse así aceptado por su entorno.

La sensación de que hay algo malo, negativo o no válido dentro de sí mismo le lleva a una profunda inseguridad interior.

Además, tal y como hemos comentado anteriormente, dicha negatividad interna se proyecta hacia fuera, por lo que es habitual que desde pequeño el Seis haya convivido con una fuerte sensación de miedo, ya sean racionales o irracionales.

Normalmente, la infancia de este eneatipo se ha visto envuelta por un ambiente de impredecibilidad, marcado mayoritariamente por la principal figura de autoridad (generalmente el padre).

Suele ser común la convivencia desde pequeño con un progenitor con problemas de alcohol u otras drogas, propenso a una gran inestabilidad emocional y conductual en general.

Ante esta situación, la auto culpación o la interiorización de que hay algo malo en él mismo es la única salida para evitar o prevenir el castigo por parte de la autoridad.

Con todo esto se deduce que, más allá de la apariencia externa, el Seis encierra en sí mismo a un niño que se ha sentido muy culpable y con mucho miedo a lo que pueda ocurrirle.

Sexualidad

En la unión sexual suele darse también una necesidad de fusión con el otro. Para ello, proyecta por lo general un ideal de pareja con el que, si no llega a estar a la altura de sus expectativas, es posible que termine tomando distancia por sentirse defraudado.

La desconfianza inherente a este eneatipo suele contagiar la parcela sexual. De tal manera que puede llegar a rituales de espionaje (registrar el teléfono móvil, hacer interrogatorios…) respecto a su pareja, de quien teme que pueda estar engañándolo con otro.

Puede ocurrir que, ante el temor a no dar la talla o a no funcionar “correctamente” en lo sexual, a la hora de relacionarse ponga más atención en la propia ansiedad catastrofista que en el disfrute, generando así problemas de impotencia o vaginismo.

Morfología

De entre los eneatipos contemplados en el eneagrama, el Seis es sin duda el más heterogéneo en lo referente a su constitución morfológica.

Entre los elementos o rasgos comunes destacaría la mirada escrutiñadora, vigilante del entorno. En muchas ocasiones, es capaz de posar su vista fijamente sobre otra persona sin tomar conciencia realmente de ello. Prefiere observar antes que hablar.

Su cuerpo encierra una alta carga de rabia, mostrando muchas veces una actitud agresiva ante el mundo.

A pesar de que en algún subtipo (sobre todo el Seis conservación) presenta una imagen cálida y agradable, procura mantener una justa distancia física con el resto del mundo.

De alguna manera, es como si su propio cuerpo fuera una prolongación física de la desconfianza albergada en su interior.

Carácter dinámico

El Seis se va al Tres en los momentos de estrés, decantándose por aferrarse a toda costa a una imagen de sí mismo que pudiera generarle mayor seguridad. Podría surgir la necesidad de desvalorizar a otros para crecerse y compensar así su baja autoestima.

Puede también invertir más tiempo y energía en el trabajo o bien, por otro lado, entrar en competitividad con otros grupos a través de los grupos políticos, sociales o religiosos que lo representan.

En su camino hacia la integración, el Seis tiende al Nueve y consigue manejar su vida de manera más relajada y tranquila, traspasando la ansiedad habitual para conectar mayormente con su voz interna, capaz de orientarle a satisfacer sus propias necesidades.

Por otra parte, desarrolla una mayor autonomía e independencia en sus relaciones personales, fruto de la solidez interior alcanzada. Pasa de establecer lazos de dependencia con los demás a disfrutar de su compañía, consiguiendo confiar más en la vida que le rodea.

Conclusión

En resumen, un eneatipo Seis se define por ser alguien racional, comedido, leal, desconfiado, catastrofista, suspicaz, tradicional, ansioso, estructurado, dubitativo, paranoico, hipervigilante, teórico, cuestionador, inseguro, normativo, comprometido, víctima y responsable.

Eneatipo 7: Gula – El entusiasta

Pasión dominante: Gula

El motor del  Siete es la gula, entendida ésta como una propensión al hedonismo, una tendencia incontrolada a estar en búsqueda continua del disfrute.

Dicha esclavitud proviene de una necesidad imperiosa, en muchas ocasiones inconsciente, de evitar la angustia. Aferrarse al placer supone una distracción del dolor interior. De hecho, el aplazamiento del placer se vive con mucha frustración y angustia.

Por ende, el resultado de todo este impulso hedonista es una honda insatisfacción, no mostrada abiertamente por lo general y caracterizada por la tendencia al inconformismo o a la insaciabilidad: nunca es suficiente y siempre quiere más.

El llamado “el Entusiasta” por muchos es propenso a las adicciones de cualquier tipo. La búsqueda de la intensidad en el placer le lleva a sentirse atraído por drogas, comida, viajes, sexo, fiestas, pasatiempos…

Una imagen adecuada para simbolizar esta estructura de carácter sería la de un saco sin fondo, en la que, por mucho que se introduzca, nunca está lleno.

La soterrada sensación de insatisfacción queda ensordecida por un exuberante entusiasmo, al servicio de lo que se considera prometedor. De esta manera, el Siete llega a creerse que disfruta de la experiencia, cuando en realidad no para de mirar hacia un  futuro ilusorio.

A la hora de la verdad, tiene una gran dificultad para disfrutar del presente. Por ejemplo, se puede  encontrar en mitad de un paisaje idílico y, en lugar de centrarse plenamente en la experiencia, prefiere entusiasmarse ante la idea futura de contarle a los demás dónde ha estado.

La tendencia a ansiar más y más no le lleva tanto a explotar y agotar las vías comunes del placer, sino más bien a un continuo buscar nuevos cauces fuera de lo que es considerado común para llenar su gula.

Encontrar un paisaje remoto, una receta peculiar o una idea innovadora representan diversas tentaciones donde el Siete puede poner su foco de atención.

Quiere, por lo general, variedad y novedad. Esto mismo le lleva a emprender grandes proyectos, siempre en busca de “la mina de oro”. Tiende a mostrarse anti convencional y utópico, precisamente porque evita relacionarse con lo común o con lo conocido.

Debido a su anhelo de no querer perderse nada, suele ser muy propenso a la dispersión. Es capaz, por ejemplo, de quedar a la misma hora con dos personas diferentes o bien de ajustar el tiempo al máximo con otras actividades y llegar por tanto tarde a una cita planeada con anterioridad.

El Entusiasta es poco consciente de sus propias limitaciones y tiende a moverse por impulsos. Pretende abarcar demasiado y suele emprenderse en muchas tareas a la vez, por lo que raramente termina lo que ha empezado.

Se muestra al mundo como una persona jovial, graciosa y elocuente. Allá donde va consigue arrancar sonrisas gracias a su espontaneidad y su discurso dicharachero.

De hecho, una de sus grandes armas es la verborrea, capaz de provocar intriga a quienes le rodean, seduciéndolos con la palabra.

A diferencia del eneatipo Dos, quien también es un experto seductor a través de su cuerpo y su temple, el Siete aprovecha más su habilidad persuasiva y su oratoria para meterse a quien quiere en el bolsillo.

Esta persuasión se muestra también en su capacidad para influir en los demás mediante su charlatanería, como un titiritero que hace creer a sus marionetas que actúan por sí mismas.

El embuste, la exageración, la aparente generosidad o la manipulación son herramientas poderosas para alcanzar su objetivo o bien para escapar de situaciones complicadas; todo esto camuflado bajo una imagen de bonachón, entusiasta y pizpireta.

Hay un desdoblamiento entre lo que se muestra y las motivaciones profundas. Bajo la seducción se puede ocultar la imposición o en la complacencia hacia el otro se puede enmascarar la agresividad evitada.

Todo esto se debe a la dificultad o al miedo de encarar la parte más oscura de sí mismo, continuamente tapada por la búsqueda del placer.

Más allá de su capacidad de seducción se esconde un marcado narcisismo. Conceptualmente, el Siete se siente cómodo en las relaciones entre iguales, pero su actitud de “sabelotodo” y su propensión a querer dejar huella en los demás le sitúa inconscientemente en un plano superior al resto.

La búsqueda del placer se asocia también a una actitud rebelde que le permite saltarse los límites. Sin embargo, esta rebeldía suele mostrarse de forma enmascarada, llegando a asomar a través de la broma, el cinismo o la crítica a los principios convencionales.

Fijación

El estilo cognitivo del carácter Entusiasta se impregna de un fuerte poder persuasivo hacia el mundo. Sus habilidades en el campo de la inteligencia le lleva a justificar continuamente ante los demás sus actos o postura ante la vida.

De hecho, la auto indulgencia es el mecanismo a través del cual el Siete consigue obtener lo que se propone, a costa de darse el capricho a través de razonamientos irreales.

Por ejemplo, ante la obligación de ponerse a lavar los platos, el Entusiasta se auto convencerá de ver la tele un rato a través de pretextos diversos que le llevan a ser permisivo y poco disciplinado.

Esto se combina con una imagen de ser consentido, donde el derecho a la gratificación prospera por encima de las obligaciones personales o hacia los demás.

Tiene una tendencia marcada hacia la planificación. La mente se proyecta continuamente hacia el futuro, hacia múltiples opciones apetitosas relacionadas con la culminación de ciertas metas o proyectos agradables.

Sin embargo, dicha tendencia hacia el futuro implica una desconexión profunda con la vivencia presente, de tal forma que, ante la experiencia de comer un primer plato exquisito, el Siete fantaseará con el segundo plato que se va a servir a continuación.

Su potencial imaginativo le lleva a una confusión entre la realidad y la fantasía. No es la actividad planeada lo que verdaderamente le llena, sino el propio concepto mental o la idea visualizada con anterioridad.

Hay una tendencia al pensamiento utópico. Por eso nunca alcanza en la realidad lo que en su mente visualizó, ya que siempre fueron espejismos mentales alimentados intensamente por la fantasía.

Con esto se puede entender que el Siete, a pesar de su tendencia hedonista, no llega a experimentar la verdadera satisfacción. Así pues, la propensión al placer en realidad no nace de la búsqueda de dicha satisfacción plena, sino de la evitación del sufrimiento.

Es por esto que, ante situaciones dolorosas o angustiosas, el Siete escapa con la risa o con la propia pasión de la gula, que le lleva a distraerse del dolor mediante estímulos apetitosos.

Algunos razonamientos de este eneatipo derivados del impulso de la gula podrían ser:

    Carpe diem / Hakuna Matata.
    Cuando quiero algo no hay quien me detenga… ni si quiera yo mismo.
    No hay mal que por bien no venga.
    ¡Quiero más!
    Tengo el don de promover el entusiasmo y el buen rollo a mí alrededor.

Miedo básico

Se podría decir que el principal miedo subyacente en este eneatipo es conectar de pleno con el dolor.

El Entusiasta ha interiorizado que no hay escapatoria posible al sufrimiento, el cual amenaza a la vida. Por esto mismo, la pasión de la gula predispone a rechazar cualquier conexión con dicho dolor, desviando la atención al placer.

El desarrollo de una mente estimulante es la excusa perfecta para evitar la conciencia de sufrimiento. Sin embargo, a pesar de llenarse de estímulos, el Siete finalmente no escapa de la sensación de insatisfacción, resultante de querer llenar un saco sin fondo.

De todos modos, el tiempo que suele estar en contacto con su propio dolor suele ser escaso, pues automáticamente tiende de nuevo a buscar la distracción en forma de sobre estimulación mental o sensorial.

En definitiva, el Siete vive esclavizado a ver el mundo desde una falsa óptica positivista de la realidad, por miedo a quedar atrapado en el vacío interior que podría experimentar.

Mecanismo de defensa

Una de las principales defensas que sustentan el Ego del Siete es la racionalización. A través de este mecanismo, consigue convencerse a sí mismo y a los demás de unos motivos propios no reales para acceder a la vida desde el impulso goloso.

La idealización de sí mismo y de sus propios pasos juegan aquí un factor importante de cara a evitar la realidad dolorosa.

Tras la racionalización y la idealización se esconde el miedo a conectar con sus carencias. Pone su intelectualidad al servicio de hacer creer que se siente lleno a través de lo que hace, como un efecto rebote a reconocer su profundo vacío interno.

Hay una dificultad de asumir sinceramente sus errores, pues esto le conduciría al dolor interior que intenta evitar. Por esto mismo, bloquea intelectualmente sus motivaciones profundas e inconfesables y se vende tras un discurso embellecido, lógico e idealizado.

Ante la experiencia del error, acude a la reformulación positiva, mecanismo por el cual consigue darle la vuelta a la tortilla y transformar lo negativo en positivo.

Por ejemplo, si se ha perdido la oportunidad de conseguir un importante puesto de trabajo, el Siete podría acabar creyéndose que en realidad no estaba bien pagado, que el horario no era el adecuado o que, en definitiva, no era lo que él necesitaba.

Infancia

Cuando hablamos de los primeros años de vida en un eneatipo Siete suele ser frecuente encontrar una primera infancia dichosa. De alguna manera, se suele decir que el Entusiasta se ha quedado enganchado de por vida a la teta materna.

Por lo general, vivió la fase del destete con dificultad y tuvo que buscar elementos compensatorios (chupetes, peluches…) que pudieran reemplazar la estimulación placentera del pecho de la madre.

La frustración resultante de la interrupción placentera de la lactancia se transforma en una tendencia al impulso vital de la gula: no está satisfecho y siempre quiere más.

Ante la costumbre de haber consumado las necesidades placenteras, es como si el Siete hubiera decidido hacerse autosuficiente a través de una imagen hedonista, permitiéndose coger del mundo aquello que necesita para vivirse lleno y feliz.

Suele ser visto como un niño “caradura”, gracioso y consentido, que siempre obtiene lo que quiere gracias a su ingenio, su encanto o su actitud sibilina.

La presencia de una figura firme de autoridad le llevó a adoptar una aparente sumisión que, en el fondo, no es más que una estrategia de supervivencia para acabar saliéndose con la suya.

Así pues, podríamos concluir que la actitud infantil inherente a una estructura de carácter Siete proviene de haberse quedado anclado en su infancia, como un Peter Pan que, ante las ventajas de haber sido un niño, decidió no crecer.

Sexualidad

Como cabría esperar, el sexo para el Siete es un llamamiento a la gula. Tiende a querer explotar el placer sexual en sus diversas formas, aunque no siempre lleva a cabo todas las opciones, sino que muchas las vive a través de una intensa fantasía.

Esta fantasía placentera le incita a no cerrarse ninguna puerta, por lo que puede incurrir en continuas infidelidades o en la falta de compromiso para formalizar una pareja.

Puede tener problemas para experimentar la sexualidad y el amor conjuntamente pues, para el Entusiasta, los demás son percibidos como medios para satisfacer su propio placer. Es por esto que pueda experimentar una adicción a la pornografía o a diferentes prácticas sexuales.

El contraste entre la planificación o la imaginación de la aventura sexual con la realidad vivida suele ser a menudo muy frustrante, pues nunca se alcanza la satisfacción plena que se proyecta en la mente.

Morfología

El cuerpo que puede acompañar a esta estructura de carácter se puede parecer a veces al del eneatipo Cuatro: de extremidades alargadas y con cierta fragilidad aparente.

Suele presentar hombros pequeños y un torso plano. En las mujeres no hay un tamaño de pecho excesivo, exceptuando los casos de obesidad, donde la grasa puede aumentar el volumen general.

De hecho, secundariamente puede darse esta tendencia a desarrollar un cuerpo blandito y de formas redondeadas, con propensión a ganar peso.

En el rostro del Entusiasta se suele dibujar una sonrisa que asoma a través de unos labios grandes y carnosos, dispuestos a seguir buscando la teta de la madre, fuente original de placer.

Puede vestir de forma desenfadada, buscando ante todo la comodidad y desprende una energía infantil y suave.

Carácter dinámico

Cuando se siente estresado, el Siete se mueve hacia el Uno. Comienza a tomarse más en serio sus propósitos desde una perspectiva rígida, perfeccionista e intransigente, que termina por provocarle frustración al no alcanzar las metas propuestas.

Se impacienta y es capaz de criticar duramente a quienes no siguen su ritmo, haciendo a veces apología de sus propias ideas y arremetiendo contra quienes no opinan igual, tornándose más insensible y frío.

Cuando tiende a la integración, el Siete se va al Cinco y, de esta forma, consigue vivir cada experiencia de forma más profunda y pausada. Interrumpe su continuo saltar de rama en rama para permanecer centrado y con mayor sobriedad.

Llega a darse esta integración debido a que el Entusiasta comienza a des identificarse de su mente, trascendiendo sus propios procesos mentales idealistas y permitiéndose disfrutar y profundizar en el presente, en lugar de indagar en las diversas posibilidades del futuro.

Conclusión

En resumen, un eneatipo Siete se define por ser alguien entusiasta, divertido, hedonista, anti convencional, impaciente, aventurero, caprichoso, narcisista, insaciable, locuaz, rebelde, encantador, dicharachero, disperso, permisivo, fantasioso, indisciplinado, manipulador, alegre, complaciente y sibilino.

Eneatipo 8: Lujuria – El desafiador

 Pasión dominante: Lujuria

El Ocho pertenece a la tríada visceral del eneagrama, donde hay una identificación con la energía del estómago, del impulso.

La rabia juega un papel fundamental, pues ésta no sólo es asumida, sino que le permite desenvolverse a sus anchas por el mundo.

Esta rabia le permite luchar por el poder, posicionarse ante los demás y marcar su espacio en todo aquello que le rodea, incluidas las personas.

De hecho, desde el eneagrama se entiende la lujuria como un movimiento expansivo del ego, una tendencia a marcar un territorio propio más allá de las fronteras de uno mismo.

A través de esta rabia en forma de agresividad, el Desafiador arrasa allá por donde va, arremetiendo contra todo lo que se interponga en su camino.

Debido a que ha interiorizado a lo largo de su vida que nadie le va a dar nada, él tiene que ir al encuentro de todo, desde una actitud arrolladora y vengativa donde no hay lugar a concesiones.

El mundo es representado como un campo de batalla donde no hay cabida para los débiles. Impera la ley del más fuerte. Esto conlleva desterrar la ternura, el cariño o cualquier emoción que le haga sentirse vulnerable.

Los otros son considerados como enemigos potenciales. Por ello mismo, el Desafiador es poco receptivo a dejarse querer, pues siempre desconfía de las buenas intenciones de los demás.

Proyecta en los demás su propia actitud ofensiva, de tal forma que suele ver a su alrededor lobos vestidos con piel de cordero.

Sin embargo, cuando consigue establecer un vínculo íntimo con la pareja o con otras personas, hay un cambio de actitud y el individuo en cuestión pasa ser considerado de su propiedad.

En estas situaciones, el Ocho es muy leal y tiende a proteger al débil de los demás. Hace de su entorno una piña donde él lidera al grupo, gracias a su fuerte determinación, su actitud decidida y la capacidad de manipulación.

Posee fuerza de voluntad y un carisma especial que hace que los demás le sigan. Es un líder natural, un gran empresario y visionario. Quiere dejar su huella allá donde pisa.

Quien se gana su respeto y entra por el aro de sus condiciones, se siente seguro y protegido. Sin embargo, infunde a la vez una potente aura de miedo. No suele necesitar expresar lo que piensa; una simple mirada a los ojos puede provocar temor en el otro.

Tiende a imponer su voluntad allá por donde pasa y no consiente que los demás dicten las reglas. Vive la rebeldía como una forma de proclamarse por encima de cualquier persona o institución.

En este eneatipo, la conducta impulsiva es interiorizada o vivida como una necesidad. Por ello mismo hay una búsqueda de la intensidad, que le lleva a sobrepasar los límites de la prudencia y asumir una vida llena de riesgos y desafíos.

Para que esto sea posible, hay una desconexión con el miedo y una falta de control sobre los impulsos. Esta manera de “actuar sin pensar” le hace llevar un estilo de vida temerario, donde no hay miedo a las consecuencias.

Al igual que el eneatipo Siete, el Desafiador busca la intensidad de los estímulos, aunque dicha búsqueda parte de la necesidad visceral de vivir el reto, de asomarse al precipicio y sentirse vivo, aunque para ello pueda llegar a jugarse incluso la vida.

Es más, el Ocho necesita vivir el placer transgrediendo los límites, utilizando incluso a los demás para su propia satisfacción. Se podría dilucidar que, bajo este hedonismo, se esconde una tendencia viciosa hacia la lucha y el dolor placentero.

Precisamente por esto, no es raro observarle practicar deportes extremos (caída libre, carreras de coches, boxeo…) o actividades insaludables (juergas llevadas al límite, excesos con las drogas o prácticas sexuales compulsivas y poco ortodoxas).

En todas estas prácticas, el elemento común es la expresión de la agresividad a través del sometimiento de los demás o de la descarga de adrenalina a altos niveles, pero siempre desde la premisa de sentir su propio vigor.

Fijación

Como en cualquier eneatipo, la pasión correspondiente se sostiene en el ser humano gracias en parte a los mecanismos de fijación mental. En el caso del Ocho, la lujuria se mantiene debido a la necesidad de dominio sobre los demás.

El Desafiador defiende una actitud fuerte y enérgica ante la vida, despreciando cualquier signo de debilidad o vulnerabilidad en el ser humano.

De hecho, puede hacer uso de la humillación ajena para hacer destacar su propia fuerza y dominio sobre el entorno.

Mientras que procura someter a los demás para demostrar su superioridad y su fuerza, a las personas más cercana las tiene atadas en corto, llenando la relación de expectativas y reglas que el otro debe satisfacer.

Es el prototipo de macho (o hembra) alfa de la manada. Se sitúa en la cúspide de la jerarquía y, por debajo de él, se articula el resto de la pirámide; todos subordinados bajo su poder.

Los grandes líderes mafiosos o la imagen del patriarca gitano representan claros ejemplos de posiciones que suele ostentar este eneatipo, roles de gran envergadura en los que, con una pequeña decisión, puede cambiar la vida de muchas personas.

Para mostrar su fortaleza e invulnerabilidad, se suele desentender de cualquier guía u orientación externa que pudiera ayudarle a encarrilar su vida. De hecho, es difícil por ejemplo encontrar a un Ocho en terapia o confesándose ante un sacerdote.

A menudo vive al margen de ley, ya que acatar las normas implica un acto de sumisión, una debilidad.

Si la vida se entendiera como un tablero de ajedrez, sus aliados pasan a ser las fichas que él maneja según sus intereses. Las relaciones personales están marcadas por sus propias reglas que los demás deben satisfacer.

Establece con sus seres cercanos relaciones de posesividad e intensidad. Por ello mismo, sus parejas tienden a ser sumisas y manipulables.

Posibles creencias propias de este eneatipo serían:

    ¡Quién la hace, la paga!
    La vida es para vivirla al límite.
    En el mundo como en la selva: sólo sobrevive el más fuerte.
    A mi lado no tienes que temer.
    ¡Atrévete conmigo!

Miedo básico

El temor a ser invadido, sometido o a ser dependiente de los demás es lo que da forma a la estructura de carácter de este eneatipo.

El Ocho no soporta sentir que alguien pudiera tener más poder que él. Esto se refleja en los diferentes ámbitos de su vida y, al igual que el eneatipo Tres, consigue resaltar sobre el resto.

Sin embargo, mientras que el Tres busca la valoración externa a través de su esfuerzo, el Ocho simplemente necesita sentir que tiene el dominio sobre los demás en los diferentes ámbitos: social, económico, físico, sexual…

Esta sensación de poder mitiga su miedo básico. El temor a ser doblegado por el otro, por el rival, le hace llevar una vida de sometimiento, en la que prefiere atacar antes de preguntar.

De alguna forma, el Desafiador no va a consentir exponerse a que le hieran o le humillen bajo ningún concepto. En definitiva, su principal miedo reside en sentirse débil.

Mecanismo de defensa

La negación es el mecanismo básico de defensa del Ocho, entendida como un rechazo de las propias necesidades afectivas y del dolor,  así como de la capacidad de conectar con las emociones ajenas.

Debido a lo doloroso que podría resultar tomar conciencia de las consecuencias de sus propios actos, el Desafiador niega sus capacidades empáticas. De esta forma, la desinhibición es permitida.

No hay un juicio moral que lo domine: si necesita algo, va a por ello. De nada sirve dar explicaciones o justificarse pues, de alguna manera, todo es válido cuando se trata de vivir ese hedonismo extremo que le hace sentir vivo.

Asimismo, para poder sostener este estilo de vida, el Ocho destierra toda sensación de culpa o remordimiento, anestesiando su corazón de las capacidades empáticas y compasivas.

Este mecanismo de negación es lo que le permite adoptar una postura de insensibilidad y temeridad exacerbada. De esta forma, si no demuestra su vulnerabilidad, mantiene a raya a todos los demás y, por lo tanto, la posibilidad de que le hagan daño.

La negación del dolor sólo puede ser mantenida a través de una conducta visceral e irresponsable, con tendencia al riesgo, de tal manera que “el que nada teme, nada le afecta”.

Infancia

El origen de la lujuria, como pasión que gobierna a este eneatipo, se puede remontar a una frustración intensa producida en la infancia, donde el niño recibió una fuerte decepción o lo que pudiera ser vivido como una traición.

El dolor derivado de esta experiencia temprana en la vida le llevó a desarrollar una intensa sensación de injusticia, que finalmente se traduce en agresividad.

Es aquí donde se marca la identificación con el centro visceral. El paso del Ocho por el mundo es de carácter reactivo, lo cual quiere decir que su comportamiento es fuertemente condicionado por los impulsos.

La frustración y el daño recibido provoca en el niño la reacción de ponerse una armadura de sadismo y venganza. La única manera de no volver a pasar por tal dolor vivido en su infancia es eliminar cualquier sospecha de amenaza externa.

Por lo general, el Desafiador llegó a sentir que no podía confiar en el padre. Esto provocó un fuerte desarraigo y menosprecio hacia la autoridad, así como la necesidad de abrirse camino por sí mismo en la vida, a su forma.

Ya en el niño Ocho se pueden observar conductas claramente agresivas o incluso de vejación hacia los demás. La necesidad de fortalecerse desde una edad temprana le ayuda a ocultar su profunda herida, nacida de su tierna y temprana vulnerabilidad.

Desde pequeño, la carencia amorosa y el dolor emocional son sustituidos por una conducta arrolladora, decidida y compulsiva hacia el placer extremo e inmediato.

Sexualidad

Lo que alimenta la viveza del acto sexual es incentivar su sensación de poder sobre su amante. El Ocho no espera a que el otro dé el paso, sino que él mismo se lanza para satisfacer sus impulsos.

Su actitud es claramente posesiva. Más allá de vivir emocionalmente la unión carnal, vive la experiencia desde la intensidad física y desde su capacidad de dominio.

El sexo, para este eneatipo, es una de los medios de expresión que tiene a su alcance para sentirse vivo. Suele buscar nuevas experiencias o formas de traspasar los límites convencionales.

A menudo caen en la promiscuidad y en las llamadas parafilias: comportamientos morbosos de carácter sexual no centrados en el coito, como podría ser el fetichismo, el sexo con animales, el sadismo u otras prácticas anticonvencionales.

La posible tendencia a estas prácticas se debe, como se mencionaba anteriormente, a la necesidad de traspasar los límites normales para buscar la intensidad e imponer su voluntad.

Se suele dar un efecto de tolerancia mediante el cual, a mayor busca la intensidad, más promueve la sensación de estar apagado o muerto por dentro, por lo que las prácticas sexuales podrían ir derivando a comportamientos cada vez más excéntricos o peligrosos.

Morfología

La energía arrolladora y dominante del Desafiador se refleja en un torso ancho y expandido. Su fortaleza física es notoria.

El cuerpo trasmite la sensación de ser un tanque: acorazado, resistente y preparado para el ataque.
Tiene la piel curtida, como corteza de árbol, con gran resistencia al dolor físico. De hecho, a menudo su cuerpo y su mente están entrenados para transformar el dolor en una experiencia placentera.

Los rasgos faciales son duros y exagerados. Su mirada es intimidatoria y desafiante, como si pudiera penetrar en el otro, infundiendo temor a su alrededor. A la vez, el tono de voz es alto, claro y asertivo.

El poder adquisitivo inherente a este eneatipo se puede reflejar muchas veces en una vestimenta ostentosa o en grandes joyas y ornamentas, como enormes cadenas de oro o relojes de pulseras caros y bien visibles.

Carácter dinámico
En los momentos de mayor estrés, el Ocho se mueve hacia el Cinco. Suele ocurrir que, cuando en realidad las situaciones se le hacen grandes, el Desafiador necesite retirarse para recuperar fuerzas y cavilar, desconectándose del mundo.

La búsqueda de la intensidad y la insatisfacción constantes provocan en este eneatipo que contacte de vez en cuando con el vacío interno y la carencia de amor, sentimientos que trata de enmascarar.

A su vez, el Ocho tiende al Dos en su camino hacia la integración. Es entonces cuando baja la guardia y se permite abrir su corazón, llenando sus relaciones de cariño y ternura.

La mejor forma de superarse conlleva atravesar su desconfianza ante los demás y el miedo a la propia vulnerabilidad. A través de este salto de fe, el Ocho es capaz de vencer sus resistencias a la ternura y dejar de mostrarse como una roca.

Conclusión

En resumen, un eneatipo Ocho podría considerarse por ser alguien desafiante, decidido, impetuoso, visceral, sádico, emprendedor, fuerte, temerario, protector, impulsivo, dominante, activo, pasional, agresivo, hedonista, embaucador, asertivo, intimidador, rebelde, insensible e independiente.

Eneatipo 9: Pereza – El pacificador

Pasión dominante: Pereza

Se le suele denominar a este eneatipo el Pacificador debido a su tendencia a evitar el conflicto. Se muestra como una persona bonachona, inocente y aparentemente dócil, que prefiere dejarse llevar por la guía del otro.

La actitud de seguir la voluntad ajena conlleva una renuncia a las propias necesidades, deseos e impulsos. De hecho, posee una especie de anestesia o bloqueo que le impide contactar directamente con  sus estados.

Es habitual asociar con la pereza una conducta pasiva, de inactividad física. Sin embargo, en lo referente a esta pasión del eneatipo Nueve, la pereza se muestra más bien como una dificultad interna para profundizar en sí mismo.

Paradójicamente, suele mostrarse muy activo en cuanto a su rutina o ritmo diario de funcionamiento, llenando los tiempos muertos con actividades o planes que le ayuden a centrar la atención fuera de sí.

El Nueve sustituye el “ser” por el “hacer”. Se mueve en el mundo con un piloto automático, el cual le hace llevar un ritmo de no parar y así no tener tiempo para pensar, para conectar con su voz interior.

Esta continua actividad cotidiana y rudimentaria le permite no conectar con la ansiedad generada por no ocuparse verdaderamente de él mismo.

De hecho, es común que el Nueve conviva con un cierto estado de opresión en el pecho, una leve ansiedad que, de no encontrar el “narcótico” correspondiente, se dispara y le lleva de nuevo a la acción rutinaria.

Este eneatipo pertenece a una de las estructuras de carácter “positivo” del eneagrama, junto con el Dos y el Siete. Estos tres eneatipos tienden a edulcorar la vida o a pasar por encima del dolor, cada cual con sus estrategias o mecanismos de defensa.

En el caso del Nueve, hay un marcado optimismo que se vive con naturalidad, restando importancia a los aspectos dolorosos. Su movimiento vital es mantener la paz, tanto interna como externa.

Por eso mismo, es habitual encontrarlo mediando en una discusión o procurando evitar que los conflictos broten en su entorno.

Una de las maneras que tiene para protegerse del dolor es insensibilizarse. Si bien es un perfecto oyente para el otro, en el momento que quieres tocar su corazón te encuentras muchas veces con un muro de hielo.

Cuando quieres dar cuenta, el Nueve se ha ido a su refugio interno donde nada ni nadie puede perturbar su aparente tranquilidad. Si bien permanece presente físicamente, es capaz de abstraerse mental y/o emocionalmente con mucha facilidad.

Otra forma de escapar del dolor es trascenderlo. Obviamente esto es más una construcción mental que no una realidad, pues para atravesar el dolor es necesario también saber sostenerlo, algo de lo que huye precisamente el Pacificador.

Con todo esto, no es raro encontrar en el Nueve una cierta espiritualidad vivida como una forma de escapar de su realidad interna, como un querer llegar al cielo sin haber pisado la tierra.

En realidad no es una espiritualidad que busca un compromiso profundo consigo mismo, un estar presente, sino más bien se asemeja a un velo que le evade y adormece cualquier estímulo que amenace su paz interior.

Algo característico de este eneatipo es su visible falta de pasión, lo que podríamos denominar como el elemento fuego. No hay mucha intensidad en sus vivencias internas, pues todo permanece bañado bajo el efecto de la anestesia.

Puede agarrarse a proverbios, refranes o simplemente manejar una filosofía de vida concreta para entrar más aún en su falta de implicación con el mundo y consigo mismo.

Su tendencia a evitar el conflicto le lleva a la resignación, a decir sí cuando en realidad no está de acuerdo. También se mueve mucho en la ambigüedad, mareando la perdiz y hablando mucho para decir realmente poco.

Esta propensión a no ser asertivo genera resentimiento que, si bien no lo suele expresar de forma directa y clara, lo manifiesta más a través de un comportamiento pasivo-agresivo.

A raíz de esto, por ejemplo, el Pacificador alberga una rebeldía interna característica a través de la cual, a más se siente exigido y presionado, menos facilita que el otro se salga con la suya.

En general, el perjuicio que produce no se debe tanto a una acción dañina como a un daño por omisión: llegar tarde, olvidarse de algo que el otro puede considerar importante o simplemente cambiar de opinión ante un plan acordado.

Fijación

El Nueve sostiene su pasión de la pereza gracias a la fijación que le caracteriza: la indolencia, entendida como la falta de voluntad para llevar a término algo.

La indolencia convive en este eneatipo con la abnegación, la tendencia a desterrar o desconectarse de los propios impulsos.

Esta renuncia implica ceder en sus deseos a favor de los demás. Esto se debe a que la pasión de la pereza prevalece sobre el hecho de responsabilizarse de sus necesidades.

De alguna manera, el Pacificador ha recurrido a pasar por la vida sin hacer mucho ruido, como si una parte de él estuviera ya muerta y no reclamara al mundo lo que le corresponde.

Tiene por costumbre quitar importancia a sus necesidades, desmereciendo sus deseos y optando por quitarse de en medio para no perturbar la armonía. No es una persona que brille y sobresalga, sino más bien uno más, alguien sin grandes pretensiones.

A pesar de la imagen que ofrece al mundo de persona acomodaticia, interiormente vive con fuerza una resistencia a todo lo que implique que su tranquilidad se vea alterada o en peligro.

Cuando decide algo, se envuelve en una tozudez que, desde la rabia contenida, hace difícil que pueda cambiar de opinión.

El Nueve siempre encuentra motivos suficientes para postergar la culminación de sus necesidades o bien para dar solución a sus problemas vitales.

En forma alguna, siempre se puede dejar para mañana lo que se puede hacer hoy, sobre todo cuando tiene que ver con situaciones que perturban su tranquilidad o pereza existencial.

Por ejemplo, puede llevarle mucho tiempo tener una conversación con un vecino ruidoso para que tenga más cuidado por la noche con la música. El Pacificador siempre espera a que la situación cambie por sí sola, sin tener que intervenir.

Ejemplos de posibles creencias interiorizadas por este eneatipo:

    No te preocupes por mí, estoy bien.
    Prefiero tener tranquilidad a llevar la razón.
    Comprendo los diferentes puntos de vista y observo lo positivo de cada uno.
    No voy a permitir que esto me afecte.
    Sólo quiero que me dejen en paz.

Miedo básico

Se podría decir que el principal miedo que subyace bajo esta estructura de carácter tiene que ver con el temor a la separación.

La tendencia en el Nueve a fusionarse con el entorno responde a este miedo. El Pacificador huye de una visión de sí mismo en lucha contra el mundo. Le aterra la idea de hacerse valer en contraposición a quienes les rodea.

Es como si hubiera interiorizado a fuego el concepto de que, si no puede con su enemigo, mejor unirse a él. Por lo tanto, la individualidad queda sacrificada en pos de sentirse unido al otro.

De hecho tiende a simbiotizarse, adoptando la estrategia de hacer suyas las necesidades ajenas y absorbiendo incluso la individualidad del otro o del grupo. Esto provoca que muchas veces el Nueve pueda confundirse e identificarse con otros eneatipos.

Así, el conflicto es el principal catalizador de la separación. Evitar el conflicto le brinda la tranquilidad de vivir en aparente armonía, palabra cuyo origen etimológico hace referencia precisamente a “concordancia”, “ajustarse”.

Otro miedo que impera es el de romperse, resquebrajarse. De hecho, la experiencia dolorosa es sustituida por una indolencia que le permite mantenerse a flote. Cuando el Nueve entra en el dolor, entra de lleno y es ahí donde se dispara su miedo a explotar.

Mecanismo de defensa

El Nueve presenta una energía clara de sobre adaptación u olvido de sí mismo. Si un enfrentamiento entre dos personas se produce por un choque de necesidades, renunciar a las suyas propias es el precio que el Nueve ha de pagar para mantener su tranquilidad.

Sin embargo, el continuo olvido de uno mismo conlleva mucha frustración en el ser humano debido a la insatisfacción de las necesidades propias, por mucho que no sea consciente de ellas.

Es por esto que, para que la sobre adaptación sea factible de mantener, el Pacificador acude a su principal mecanismo de defensa: la narcotización, la cual le permite permanecer adormilado.

Si bien no se responsabiliza de  sus propios impulsos, al menos los sustituye por otras conductas que compensan la frustración, tales como la comida, el tabaco, la cafeína, las horas muertas viendo la televisión, una actividad rutinaria, etc.

De forma paralela, el Pacificador se muestra bajo un falso altruismo, por el cual busca satisfacer las necesidades propias a través de la realización de los demás.

Al no permitirse abrazar sus propios deseos, pone toda su atención en complacer los ajenos, buscando su satisfacción a través de colmar las necesidades del otro, como si fuera una esponja que llenara su interior mimetizándose con el entorno.

De esta forma es capaz de asumir como propios los deseos de otros e incluso de defender ideas o posturas ajenas como si realmente nacieran de él mismo.

Infancia

Suele ser común en el niño Nueve la dificultad de haber ocupado su sitio. Dicho de otra forma, no había espacio suficiente en casa para su individualidad.

Sus impulsos y deseos no fueron aprobados por el ambiente que le rodeaba, luego la forma de sobrevivir a su entorno pasó por mirar hacia otros miembros de la familia y olvidarse de sí mismo.

El Pacificador ha podido ser un hermano al cargo de los más pequeños o de los más necesitados. Su función se basaba en prestar apoyo en casa o simplemente funcionar en pos de lo que los demás necesitaban.

Aprendió a quitarse de en medio para no llamar la atención. Creció sin hacer ruido, sin dar muchos problemas. Básicamente, se mantuvo en un segundo plano para que no le salpicaran los conflictos y así sostener una cierta tranquilidad interna.

Muchas veces, la infancia del Nueve contempla la vivencia o sensación interna de no haber tenido una verdadera infancia. También puede darse la creencia de haber tenido una infancia feliz.

Sin embargo, esto último se debe en diversas ocasiones a la capacidad del niño para disociar las experiencias dolorosas y poder así seguir sobreviviendo. Ante las vivencias duras, el niño Nueve aprendió a retirarse en su propio mundo, llegando a crear a veces una realidad alternativa.

Una de las posibles formas de superar el dolor es la de idealizar a los padres, quienes posiblemente no estuvieron volcados en él. De fondo, se puede esconder una carencia afectiva importante respecto a los progenitores.

Sexualidad

Normalmente, el Nueve tiende a vivir su sexualidad de forma abierta. Esto se debe a que busca su disfrute a través también del gozo de la otra persona.

No suele vivir la relación sexual como un eneatipo Tres por ejemplo, que a pesar de poder ser muy efectivo o ser el mejor amante, no se entrega. El Pacificador sí que se da al otro.

De hecho, le atrae la oportunidad de vivir la sexualidad como un aspecto más en el que fusionarse.

Sin embargo, más allá de su concepción idealista o incluso espiritual del sexo y del amor, suele darse un cierto escepticismo que le lleva a no profundizar más allá en la experiencia. Esto se debe también a la dificultad que tiene para recibir amor.

Morfología

Encontramos en este eneatipo una estructura morfológica corpulenta, con tendencia a la obesidad. El cuello queda muchas veces escondido y la apariencia externa se puede asemejar a la de un tonel.

En el rostro predomina la sonrisa en convivencia a veces con una cierta mirada triste. Los ojos incluso pueden mostrarse caídos hacia fuera, dibujando una “v” invertida.

Puede darse el caso de pies planos, como si fuera necesaria la mayor superficie de los pies para arraigarse a la tierra. De hecho, es común que el Nueve vaya arrastrándolos mientras camina.

En cierta forma, su cuerpo parece preparado para resistir la embestida, como si fuera una montaña inamovible. Sin embargo, también prevalece una cierta sensibilidad al dolor físico.

Por otro lado, se da una tendencia menor en este eneatipo en la cual los cuerpos son ciertamente más menudos y armónicos, con menor propensión a la acumulación de grasa.

Carácter dinámico

En los momentos de mayor estrés, cuando el marcado optimismo y los recursos habituales del Pacificador son insuficientes, el Nueve se mueve hacia el Seis. Cuando esto ocurre, surgen inseguridades y dudas bajo una visión más depresiva y pesimista.

Se resiste aún más a través de su agresividad pasiva ante las exigencias de los demás. En situaciones más extremas, puede mostrar una rabia desbordada en forma de acusación hacia el otro, disparando incluso el pensamiento paranoide.

Por otra parte, el Nueve tiende al Tres en su movimiento hacia la integración, lo cual le lleva a adoptar una actitud mucho más diligente y práctica en torno a hacerse valer. Saca energía para procurarse un mayor bien hacia sí mismo.

Comienza a valorar su tiempo, sus necesidades y su persona en general. De esta forma, se permite ocupar el puesto que le corresponde en el mundo, abandonando su tendencia automática hacia la entrega altruista y prevaleciendo su necesidad sobre la de los demás.

Conclusión

En resumen, un eneatipo Nueve podría conceptualizarse como alguien pacificador, altruista, llano, indolente, mediador, terco, abnegado, conformista, agradable, utópico, simplón, rutinario, paciente, abierto, acomodaticio, bondadoso, impasible, optimista, nadie en especial.

Fuente: Terapia Humanista
 
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