22 de diciembre de 2015

Artículo: Carta De Un Marido A La Fotógrafa Que Retocó Las Fotos De Su Esposa


Somos nuestros peores enemigos, nos grita el espejo una y otra vez. Nos comportamos como tiranos ante nuestra imagen y eso se refleja en que nuestro diálogo interno es verdaderamente terrorífico.
“No soy feliz como soy”. “Tengo un cuerpo que no me gusta”. “No me veo bien”. “Detesto mis dientes, mi pecho, mis caderas”. “Estoy en los huesos, no tengo formas”. “Tengo mucho kilos de más”. “Desde el embarazo no he recuperado la figura”. “Nunca me acerco a los demás por miedo a que me rechacen”. “Tengo miedo de que me juzguen”. “Todos mis amigos tienen pareja menos yo…”
Se nos olvida que no estamos hechos para encajar en un molde, por eso hasta que no lo entendamos no estamos a salvo con nosotros mismos.
Porque, si cada vez que nos miramos al espejo nos regañamos por la grasa de nuestros muslos, por la falta de pecho o de glúteos, por los rollitos de nuestra espalda o por las arrugas de nuestro rostro estamos recreando un espacio interno dedicado al castigo y a la humillación en vez de al amor y a la seguridad.
Ni nos imaginamos lo que nos perdemos por no mirar más allá del espejo, no nos podemos hacer una idea de lo que comprometemos nuestro bienestar cada vez que huimos de observarnos, de explorarnos y de reconocernos en nuestra figura y en nuestras perfectas imperfecciones.


Una historia, unas fotos y el amor

 

Todo comenzó cuando un día la fotógrafa Victoria Caroline fue contratada por una mujer para realizarse una sesión de fotos con la que sorprender a su marido encajada en una sutil y sensual lencería.


Todo fue sobre la marcha, la mujer se mostró arrebatadora, divertida, pícara, sexy y muy segura de sí misma. De hecho, la fotógrafa quedó muy satisfecha con el resultado y felizmente dio por finalizada la sesión.
Sin embargo, una vez acabada ésta fue cuando la mujer, que usaba una talla 46 (18), miró fijamente a la fotógrafa a los ojos y le dijo: “Quiero que utilices Photoshop para eliminar mis marcas rojas, mi grasa, mis estrías, mis arrugas y toda aquella carne que no está donde debe estar”.


Victoria realizó su trabajo, retocó las fotos e imprimió un álbum estupendo con el cual su clienta quedó encantada. Pero con el paso del tiempo sucedió algo que sacudió a esta artista y por lo que decidió publicar esta historia en su Facebook: el marido de su clienta le escribió este correo electrónico.

“Cuando mi mujer me dio el álbum y lo abrí, se me hundió el corazón. Se nota que las fotografías son un trabajo hermoso y obra de una fotógrafa con mucho talento pero… no son de mi esposa. 
Usted ha hecho que cada uno de sus defectos desaparezcan y, aunque estoy seguro de que eso es exactamente lo que ella le pidió que hiciera, al borrarlos se fueron también las marcas que atestiguan nuestra vida juntos.
Cuando borró las estrías, se llevó la prueba de vida de nuestros hijos. Al quitar sus arrugas, las marcas de expresión de las risas y preocupaciones que hemos pasado juntos durante estas dos décadas. Cuando le quitó la celulitis, los momentos en que ha cocinado y cuidado de nosotros.
Fue al ver esas imágenes irreales, cuando me di cuenta de que, sinceramente, no le digo a menudo lo mucho que la amo y adoro como es, con todos sus defectos. Ciertamente lo escucha tan poco que, ella ha creído que estas imágenes con Photoshop son realmente lo que yo quería y necesitaba ver. 
Sinceramente, debo hacerlo mejor, y para el resto de nuestros días celebrar cada imperfección. Gracias por el recordatorio.”

Esta historia nos invita a hacer las paces con nuestro cuerpo y olvidarnos de la guerra que mantenemos por estética con nuestro peso y nuestra talla. Nuestra valía depende de nosotros, no de nuestro cuerpo. Si deseamos cambiar algo, que sea por nuestra salud y no por presión social.
La llave de la belleza está dentro de los ojos con los que te mires, y solo tú puedes sentirte hermosa por dentro y por fuera. Por eso, esta historia demuestra que tal y como  
Saint-Exupèry escribió en El Principito, “solo se ve bien con el corazón, pues lo esencial es invisible a los ojos”.


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