10 de febrero de 2017

La Insoportable Pesadez Del Ego

Después de muchos años comprometidos con nuestro proceso insoportable de crecimiento personal nos damos cuenta de que ciertamente hemos cambiado, nos vamos “depurando”, aunque también nos sorprende e impacienta ver cuanto nos cuesta terminar de integrar todo lo que sabemos y hemos oído en infinidad de ocasiones.

¿Cómo es que repetimos una y otra vez y avanzamos tan lentamente en nuestro camino hacia el despertar?

¿Cómo es que después de años de práctica de meditación, yoga y talleres de autoconocimiento sigamos en muchas ocasiones dormidos, hipnotizados con la misma cháchara mental, enredados en los mismos dramas y conflictos interpersonales que sólo nos generan sufrimiento?

Me refiero a nuestro ego o personalidad, a la estructura mental de control y estrategia de supervivencia necesaria para afrontar la realidad y manejarnos en la vida, ese sistema de defensas que nos proporciona seguridad pero que a la vez limita y condiciona nuestras experiencias en gran medida.

En efecto, una vez que empezamos a desidentificarnos de nuestra personalidad tomamos dolorosa conciencia de esas limitaciones, al ver cuan reducido y repetitivo es el repertorio de sentimientos, pensamientos, actitudes, formas de relacionarnos y posicionarnos.

Por más comprometidos que estemos con nuestro proceso y nuestra práctica espiritual hay muchos momentos en los que al conducir, caminar o cocinar nos “pillamos” en ensoñaciones, contándonos los mismos diálogos y películas de siempre, instalados en nuestras fijaciones o estados emocionales favoritos (miedo, comparación, indolencia, avidez, rigidez, superficialidad…), jugando el mismo papel con el mismo disfraz y la misma máscara que pareciera se nos hubieran quedado adheridos a la piel.

Difícilmente avanzaremos en nuestro camino si no combinamos la práctica de la meditación con un proceso terapéutico.

Cuando comenzamos a ver con claridad, conocemos y reconocemos esos rasgos característicos de nuestra personalidad que se repiten una y otra vez, algunos son los pilares y vigas maestras, otros los ladrillos y el cemento que conforman el armazón de nuestra coraza… al darnos cuenta una y otra vez sin machacarnos ni ser indulgentes, con paciencia y perseverancia, entonces de seguro esa estructura empieza a perder solidez y se va haciendo más liviana.

Don Juan exhortaba a Castaneda a “parar el diálogo interno”, le apremiaba y provocaba para que dejara de repetirse una y otra vez la misma cantinela. Porque “parar el mundo” es lo que posibilita la brecha entre los mundos, el fenomenológico y el esencial.

Cuando ponemos en práctica el silencio interior y nos instalamos relajádamente en el aquí y ahora actuamos con frescura y libertad, desde un espacio nuevo, de una manera descondicionada.

Afortunadamente, tenemos muchas experiencias que nos recuerdan que podemos vivir desde ese lugar esencial, profundo e íntimo. Y para ello, como decía aquel maestro zen solo hay un camino: “Atención. Atención. Atención.”

Y sin embargo, seguimos regodeándonos en nuestros vicios mentales y emocionales, nos encantan nuestras canciones de amor dependiente y las viejas películas de siempre. Las malas hierbas crecen y se extienden si no estamos atentos al momento, si no cortamos de raíz y limpiamos una y otra vez de nuestra mente todos esos pensamientos ilusorios.

De ahí la necesidad de conocer en profundidad las capas de nuestro ego. Una herramienta muy poderosa -además de la meditación- es el sistema de los tipos de personalidad del eneagrama, desarrollado y sitematizado por Claudio Naranjo, muy útil para profundizar en esos rasgos que nos caracterizan, para empezar a dar respuestas nuevas y no reaccionar desde el ego.

Nos parecemos y también tenemos nuestra particular “especialidad de posicionamiento”: me protejo y defiendo, me cuento esta película para autoafirmar mi imagen o para alimentar mi orgullo o vanidad, busco admiración y reconocimiento, me siento víctima, me abandono, me pongo la máscara de payaso, reina, salvador o responsable, me siento culpable, vivo atemorizado, cuido y me preocupo excesivamente de los demás, me aíslo para protegerme en mi mundo mental, entre otras.

Todas ellas con el mismo fin: conseguir amor en la infancia. Una y otra vez podemos observar los mecanismos característicos de nuestro ego, nuestras fijaciones, vicios y pasiones. El eneagrama nos sirve para vernos al detalle y así no dejamos pasar ni una… y empezamos a liberarnos de la insoportable pesadez del ego.

Cambiar el chip, cambiar la perspectiva es en el ahora. El trabajo consiste en ver, soltar y abandonar el mundo ilusorio de los mecanismos del ego a cada instante; vaciarnos de conceptos, juicios, prejuicios, expectativas, esperanzas, deseos y temores.

Vivir cada momento despiertos, presentes y conscientes. Y así la coraza del la personalidad se va haciendo más y más transparente, y actuamos desde Shin, nuestra mente-corazón. Un corazón abierto, luminoso, sereno, amoroso y compasivo como una gema hermosamente tallada, transparente, traslúcida.

Si hacemos un ejercicio de sinceridad, lo cierto es que aunque hoy muchos sabemos que no hemos de identificarnos con la mente, que sufrimos cuando nos desconectamos del cuerpo y nos enganchamos a los pensamientos, en nuestra vida cotidiana nos dejamos llevar por ellos, no los cortamos de raíz.

La realidad es que es que no practicamos a cada momento lo que aprendemos en la práctica de la meditación, del yoga u otros talleres. Ni comemos con consciencia, ni conducimos o caminamos con consciencia. Nos cuesta estar presentes en cada sagrado instante de nuestras vidas.

Vivimos en la mente, en los pensamientos ilusorios; alimentar el mundo ilusorio es uno de nuestros mayores vicios.

    Y como señala el proverbio zen “Una mínima distancia del grosor de un milímetro produce una separación de entre el Cielo y la Tierra”.

Ahora bien, no olvidemos que la autoexigencia y el perfeccionismo son otras facetas del ego, y aunque algunos tal vez aspiramos en secreto a ser santos, en realidad somos seres humanos y nuestra tarea en la tierra consiste precisamente en Ser.

Y para ello, hemos de salir de la mente, abrir la cárcel del ego y percibir la realidad desde el Ser irradiante que somos, con el cuerpo y el alma. Desprendernos de viejos andamios, estructuras y rejas para que nuestra mente se transforme en una iluminada y ligera casita de brezo en un jardín japonés abierta al cielo infinito.

La gracia es equilibrar presencia y trascendencia sin apegarnos ni rechazar, aceptando humildemente lo que es.

Permanecer relajados, conectados a nuestro corazón conscientes de cada paso del viaje, fluyendo en el dulce vaivén de cada inspiración y espiración, enraizados en el aquí y ahora.

¿Sientes ahora la levedad del Ser?
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