22 de octubre de 2016

Artículo: Tantra, Más Allá De La Sexualidad

Vivimos un momento en el mundo donde, cada vez más, se hace palpable la necesidad de encontrar respuestas. Respuestas que nos lleven a una comprensión más amplia. Respuestas que nos permitan salir de la prisión de nuestras creencias heredadas, de la prisión de Maya, nuestra mente conceptual.

Lo viejo se está derrumbando en pedazos en todos los ámbitos de nuestra existencia. Es un cambio acelerado que se manifiesta en el síntoma de inquietud constante en todas las personas, en la sensación subterránea de inseguridad, de temporalidad de todo. De alguna manera “se nos está obligando” cada vez más a vivir “el ahora”, el presente, y como siempre, el mundo no hace si no reflejar ese estado de conciencia en el que nos encontramos.

Todo es inmediato. El mensaje te llega a través del móvil en décimas de segundo. Inmediatamente te comunicas con la persona adecuada, no importa donde esté en el mundo. Cada vez más, casi nadie sabe lo que va a hacer hasta el último momento. Es “el ahora”. El no-tiempo, otra dimensión, que nuestra mente, sujeta todavía a los patrones antiguos del tiempo y del espacio, no sabe procesar, plasmándolo en inquietud, en esa sensación de inseguridad, en un estado de ansiedad latente.

Y en este asombroso cambio de era, en esa búsqueda de respuestas, cada vez más gente se está acercando a una visión ancestral: el Tantra. Una visión ancestral, dormida por siglos y celosamente guardada por unos cuantos iniciados, que está aflorando ahora poderosamente en todo el mundo. Aflora ahora, porque la visión del Tantra es la visión de la nueva era, la visión de la no separatividad, la visión que va más allá de la mente conceptual, la visión no dualista llevada a todo, a la Tierra y al Cielo. Ya lo predijo el gran maestro Osho: los días del Tantra se acercaban. Tarde o temprano el Tantra se expandiría entre las masas por primera vez. Porque por primera vez, los tiempos estarían maduros para aceptar el sexo de forma natural, para aceptar la verdadera esencia sagrada de la sexualidad.

Cuando las personas se acercan al Tantra, lo primero con lo que “chocan” es con el concepto de sexualidad. El gran dragón de la humanidad. Freud, Jung, Reich y otros importantes psiquiatras occidentales de nuestro tiempo no se equivocaron: la sexualidad es la gran sombra de la humanidad, la fuente del principal trastorno humano, la fuente de la “esquizofrenia” donde la mente humana ha estado establecida por miles de años.

Es necesario aclarar la relación de la sexualidad con el Tantra, porque hay ciertas sutilezas donde la mente conceptual no llega. El Tantra no es sexualidad, pero sin embargo, sí es sexualidad. Aquí es donde la mente ordinaria se pierde. Tendemos comúnmente a hacer enfoques dualistas: esto o lo otro, izquierda o derecha, si es esto, lo otro no puede ser, si busco la espiritualidad, tengo que apartarme de la sexualidad.

Y de esta forma la humanidad se ha estado debatiendo siempre en la neurosis de la represión, en la esquizofrenia del pecado, de la negación de una parte de nosotros mismos. Cientos de iglesias y tradiciones espirituales moviéndose una y otra vez en esos esquemas duales: para llegar a Dios tengo que negar lo terrenal. Afortunadamente Dios no está loco como nosotros, y no “ve” las cosas con nuestra visión de separación.

La mayoría de las personas se acercan al Tantra con la “expectativa” de la sexualidad; de hecho toda la visión popular que se va formando (incluso ya comienza a aparecer en la televisión) identifica Tantra con sexualidad. Y he aquí el primer “shock”. Asistimos a un curso, a un taller de Tantra y de lo que nos hablan es de conectar con el Ser, con quién realmente somos. Suponemos que nos van a enseñar maravillosas técnicas del Kamasutra, y lo que nos enseñan es a meditar, a liberar nuestras emociones, a encontrarnos cara a cara con nosotros mismos, o mejor dicho, con la ilusión de lo que creemos que somos, a bucear en nuestra mente y en nuestra energía, para curar y liberar el pasado, a equilibrar nuestros arquetipos masculino y femenino.

Se nos habla de cómo canalizar nuestra energía y se nos enseña a respirar. A lo mejor nos tienen cantando no se cuanto tiempo seguido, para liberar la energía de nuestra garganta, o nos ponen a dar vueltas en un vertiginoso giro derviche. Incluso nos pueden llevar al momento del nacimiento, quién sabe, incluso a una vida anterior. La mente que va buscando “técnicas sexuales” no puede por menos que desconcertarse.

Y es que el Tantra “no es sexualidad”. Los maestr@s de Tantra no son sexólogos. En el Tantra no se enseña sexología, ni Kamasutra (la parte folklórica del Tantra). El Tantra nos enseña a conectar con nosotros mismos, con la totalidad de lo que somos, con el Ser, con el Espíritu Uno que está en nosotros y en todo. El Tantra nos enseña a “limpiar” el camino, a sanarnos, para a través de la energía del corazón, poder entonces llegar a la experiencia de la sexualidad sublime. El Tantra no rechaza ni relega la sexualidad.

Todo lo contrario, considera la sexualidad como la energía sagrada del universo, la energía de la unión, y la eleva a su máxima plenitud. La sexualidad en el Tantra está ahí, pero no se comienza por ella, como harían los sexólogos. La sexualidad aparecerá con toda su potencia, mucho mayor de lo que normalmente podríamos suponer, pero una vez hayamos despejado los obstáculos que impedirían su elevación. Todo el proceso y las técnicas del Tantra va dirigido a eso: remover los obstáculos que nos bloquean y nos atan a los viejos esquemas de nosotros mismos. Por eso en un curso de Tantra, lo que nosotros llamaríamos sexualidad no parece verse al principio.

El Tantra no se centra en la sexualidad como experiencia “personal”, como experiencia del ego, que lo que busca es gratificación para sí mismo. La sexualidad en el Tantra es una experiencia “transpersonal”. El Tantra utiliza toda la poderosa energía de la sexualidad para llevarnos a la experiencia de conexión con lo que nos rodea, para expandir nuestros límites más allá de las fijas fronteras del “yo”. El Tantra lleva el acto sexual a una experiencia de meditación. Una experiencia de fusión entre lo masculino y lo femenino interna y externamente. Una experiencia que, por supuesto, abarca y va mucho más allá de la experiencia normal a la que estamos acostumbrados con la sexualidad. Y aquí aparece uno de dilemas mentales clásicos de muchas personas al acercarse al Tantra: si llevo la sexualidad a una experiencia sublime, de meditación, ¿voy a perder esa experiencia que tanto nos atrae, del deseo y la excitación?. Nada más lejos.

No se nos niega nada. El deseo, la excitación siguen estando ahí, y con mucho más poder si cabe, puesto que en el Tantra no se pierde energía, si no que se gana. Lo que ocurre es que abrimos las puertas a otra dimensión, donde la excitación genital se queda como el fuego, el motor, que nos lleva a la experiencia más elevada del éxtasis tántrico. En la sexualidad, tal como normalmente la vivimos, ese fuego termina en un incendio explosivo, que no deja nada a su paso.

En el Tantra ese fuego se convierte en rescoldo, que con su enorme poder calorífico nos permite mantenernos llenos de energía para poder llegar al cielo del éxtasis. Es un sutil, pero importante, a la vez que drástico cambio de esquemas. En el amor tántrico no buscamos nuestra gratificación egoica. No buscamos grandes experiencias de orgasmos espasmódicos, ni descargas compulsivas. Nos vaciamos de mente, de objetivos, para vivir el ahora, sentados encima del fuego del rescoldo, convirtiendo de esta manera el acto sexual en poderosa meditación, en sintonía con la nueva dimensión del no-tiempo. No hacemos el amor de forma “lineal”, con un principio y un fin, si no que nos sintonizamos con esa otra frecuencia del tiempo circular.

Y como siempre, la paradoja del universo: cuando nos hemos entregado y desapegado de objetivos, recibimos entonces los regalos que antes perseguíamos con tanto ahínco y que no podíamos si no rozar levemente con los dedos. Recibimos lo que siempre perseguíamos, y mucho más. Pero para ello tuvimos que comprender que el Tantra no es sexualidad y sí es sexualidad.

Revista "Espacio Humano".
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