2 de noviembre de 2015

Artículo: Como Superar El Victimismo


Sentirse víctima es fácil... y muy rentable, pues permite usar el sufrimiento como recurso para influir en la conducta ajena. Pero la víctima renuncia a su poder y su libertad para cambiar las situaciones.

Llamamos victimismo a la actitud de considerarse y adoptar el papel de víctima. Puede parecer una contradicción, pues aparentemente la víctima es la parte más desfavorecida de una relación, la persona que más sufre y que suele salir más dañada. Pero, en realidad, ser una víctima también tiene sus ventajas. Asumir esta posición puede ser una buena manera de conseguir aquello que uno desea: más consuelo, atención, mayor comprensión por parte de los demás, cambios en su actitud… Por otra parte, sentirse el bueno de la película, aunque a veces implique sufrimiento, no deja de ser un papel más agradecido, dado que la mayor parte de los espectadores suelen identificarse y ponerse del lado del más desvalido.
El victimismo, por lo tanto, es el arte de utilizar el sufrimiento como recurso. A través de las quejas o de expresar malestar se transmite una exigencia soterrada a los demás, despertando en su interior un sentimiento de culpa.


Todos nos hemos sentido en algún momento objeto de estrategias victimistas, divididos entre hacer lo que otra persona nos pide, aunque sea de forma encubierta, o sentirnos culpables. Es una actitud que atribuimos fácilmente a los demás, que nos provoca rechazo y criticamos como burda manipulación, pero que, en cambio, cuesta mucho reconocer en uno mismo. Sin embargo, ¿quién no ha intentado en alguna ocasión producir lástima para conseguir algo?, ¿quién no ha hecho sentir culpable alguna vez a otra persona?, o ¿quién no ha intentado eludir una responsabilidad exagerando su desamparo?
Desde la visión victimista siempre es el otro el que tiene el problema y uno mismo quien sufre las consecuencias. A partir de aquí todo se interpreta desde ese enfoque.

6 claves para detectar la manipulación


  • No se dice directamente lo que se desea, sino que se expresa en forma de queja o sufrimiento.
  • Quien recibe la queja percibe una exigencia. No puede elegir con libertad. Si accede puede que deba renunciar a sus deseos o necesidades, y si se niega aparece culpabilidad o miedo a que el otro se enfade o lo rechace.
  • Se manifiesta abiertamente la propia vulnerabilidad, en ocasiones de manera exagerada, en una actitud de «pobre de mí».
  • En ocasiones aparece una actitud de recelo y susceptibilidad en la víctima. En todo se perciben malas intenciones.
  • El victimista siente que él se sacrifica y nunca recibe lo mismo a cambio.
  • Se justifica la propia actitud agresiva como una defensa de anteriores ataques recibidos.

    Estrategias para salir adelante

     

    Desprenderse de la identidad de víctima implica un cambio de percepción. Puede necesitar tiempo e incluso ayuda externa.
  • Buscarle el sentido. La visión victimista suele adquirir un sentido cuando se indaga en el hilo conductor de la propia vida. La persona puede preguntarse por qué necesita esta actitud y reconocer honestamente qué beneficios obtiene de ella. Quizá le ayude a sentirse más fuerte o protegida, a controlar mejor a los demás, a eximir ciertas responsabilidades, a censurar a otros, a dar una imagen de buena persona…
  • De la queja a la necesidad. En la actitud victimista no se expresa directamente lo que se quiere ni se trata activamente de satisfacer los propios deseos, sino que se espera que se hagan cargo los demás. Al detectar la queja se puede intentar traducirla en palabras más claras, expresando lo que se necesita o se desea y hablando desde uno mismo, en primera persona, en vez de culpar.
  • Evitar la etiqueta permanente de víctima. Se puede ser víctima de una situación, pero ese estado de ánimo tendría que ser pasajero.
  • Utilizar la capacidad de elegir. Conviene preguntarse, por ejemplo: «De esta situación, ¿qué es lo que me disgusta?, ¿qué es lo que yo puedo cambiar?, ¿qué peticiones concretas puedo hacer a los demás?».


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