La Ansiedad Solo Se Irá Cuando Escuchemos Lo Que Nos Vino A Decir

La ansiedad la puede experimentar cualquier ser humanos, sin llegar a traerle ningún tipo de consecuencias negativas, más allá de sensaciones que lo incomodaron en algún momento. Sin embargo, quienes sufren de ansiedad, de alguno de sus trastornos, pueden entender lo complicada que se puede volver la vida de un momento a otro.

Sentir que se pierde el control, que la angustia predomina, que los sentidos se alteran, que no logramos identificarnos muchas veces ni siquiera con la realidad que vivimos, puede resultar cómo mínimo: agotador y desgastante.

La ansiedad no logra entenderse en otra persona, hasta que no se vive, nadie tiene noción de una crisis de pánico, hasta que no se encuentra en el estado que probablemente se haya sentido más cerca de la muerte… Y lo más irónico es que ella ni porta por allí. Ni siquiera los más estudiados y académicos, pueden entender lo que se siente cuando la ansiedad toma el control, si no han tenido la experiencia de su visita.

La ansiedad en sí misma no puede hacernos nada, por más que se sienta que nos deja sin habla, que nos reventará el corazón, que nos generará un accidente cerebro vascular, que nos hará hacer el ridículo en algún sitio y salir corriendo… por más desagradable que pueda ella resultar, solo son sensaciones, extremadamente desagradables, pero sin el poder de hacernos daño.

Ansiedad

Estas sensaciones incluso las experimentamos bajo contextos diferentes y no representan algo desagradable, pero allí, donde no queremos que se presente, donde rezamos, donde buscamos en la cartera nuestro dispositivo de emergencia, que va desde una virgen, hasta un ansiolítico, donde nos resistimos, es cuando podemos apreciar que nada es menos aceptado por nosotros que ese estado y es ese rechazo, el que nos hace ser más vulnerables a sus visitas.

La ansiedad se sigue manifestando en nuestras vidas como una visita indeseable, que cada vez que llega le queremos sacar por la ventana, la tomamos por los cabellos y la llevamos a rastras a la salida, la que nos hace escondernos en un cuarto con tal de no verla, la que nos hace salir de casa y dejarla allí, a veces solo viéndonos correr, a veces intentando hablarnos, a veces inclusive apenada retirándose, pero siempre dejándonos esa sensación de que volverá.

El día que la aceptemos y nos sentemos a escuchar qué es lo que en realidad quiere decirnos, sin temerle, sabiendo que no puede hacer nada y solo ha tratado de llamar nuestra atención, sencillamente nos daremos cuenta de que ella es una parte de nosotros, intentando decirnos que es necesario que tomemos algunas medidas en nuestras vidas, que por algún motivo no estamos siendo felices, que nuestras heridas están buscando sanar, que nuestra vida grita por un cambio, que no estamos entendiendo para qué estamos acá y que podemos hacerlo mucho mejor.

Escuchemos con atención cada mensaje, que nos intenta darnos la ansiedad, desde sus manifestaciones más someras hasta aquellas en las que sentimos que se nos va la vida. Solo prestándole atención, ella dará el mensaje que quiere trasmitirnos y se marchará confiada en que tomaremos las medidas adecuadas para no tener que sentir nuevamente su presencia… Y si en algún momento la vemos mostrarse nuevamente, ya no sentiremos el mismo miedo, ni el mismo rechazo, sino que inmediatamente iniciaremos nuestro proceso de revisión interno y desde lejos podremos sonreírle agradecidos por el recordatorio.