27 de octubre de 2016

VideoPoema: La Historia De Los Amores Imparables (Por Marwan)

Marwan Abu-Tahoun Recio, conocido como Marwan, hijo de padre palestimo y madre española, nacido en Madrid, no es un cantautor al uso, a él lo puedes leer y seguir muy activamente en las redes sociales, promocionando sus propios conciertos o sus poemarios. Ya no recuerdo en qué momento ni quién me recomendó escuchar un tema de este cantautor o leer uno de sus poemas. Si sé, que al hacer una de las dos cosas, no te deja indiferente, sus letras o sus poemas te pellizcan el alma, sin rodeos, directo al grano, sin medias tintas y te arrancan el dolor desde lo más profundo de tu ser.

Sus poemas cuentan historias que te pueden haber ocurrido a ti ayer o que te pueden pasar mañana mismo, son reales como la vida misma, te las cuenta sin estridencias, con un lenguaje perfectamente entendible y comprensible y llegándote al corazón en forma de certero disparo.

Lo he visto varias veces en concierto y como única compañera su guitarra, te desgrana las canciones que constituyen los 3 discos que tiene a la venta: "Trapecista", "Cosas Que No Supe Responder" y "Apuntes Sobre Mi Paso Por El Invierno".

Tiene también editados dos poemarios: "La Triste Historia De Tu Cuerpo Sobre El Mío" y "Todos Mis Futuros Son Contigo", en ellos puedes leer poemas de amor, pero sobre todo de desamor, de ese desamor que te atrapa inexorablemente un día y no lo puedes olvidar, sacar de la cabeza y mucho menos de tu corazón.

A este último poemario pertenece este precioso poema y que acaba de publicar Marwan en forma de VideoPoema, y que os dejo a continuación, se llama "La Historia De Los Amores Imparables", un poema para reflexionar, para pensar en todas las verdades que dice sobre las relaciones. Espero que lo disfrutéis tanto como yo, para que sintáis todo lo que os he escrito sobre Marwan. No os defraudará.   

-Antonio Rodríguez


"La Historia De Los Amores Imparables"
 
Me dicen que es de tontos
tropezar tres veces en la misma piedra
pero es que tú eras una piedra
sobre la que merecía la pena caer,
resbalarse,
hacerse herida.

Porque hay personas que merecen nuestra herida
personas que mancharon todo de felicidad,
y contrataron la alegría
y la volcaron sobre ti
como quien te arroja un cubo de esperanza,
personas que empapaban tu vida con su risa
y ahora que no están no dejan cuerda de tender
donde seque esta tristeza.

Me dicen que es de tontos,
que lo deje,
porque huir del compromiso
es el deporte que practicas.

Y tal vez estén en lo cierto
pero no saben que tu boca
es el ticket de entrada al paraíso,
como una esperanza que se cuela dentro.

Y dueles. Claro que dueles.
Como un regalo que al abrirlo está vacío,
como el premio que te sacan de las manos.
Dueles.

Pero yo sé que solo hay miedo tras tu huida,
que me tiras las flores de los tiestos
por el miedo a que no haya champán con que regarlas,
que tu huida es un descanso,
que el amor
se toma un tiempo sobre ti
para que los temores no caven más hondo en tus entrañas.

A veces no hay parejas que no se amen
sino temores que nos vencen.

Pero siempre vuelves,
siempre llegas de nuevo
para estampar en mi cuarto el paraíso,
para darle un nuevo orgasmo a mi memoria,
y un motivo más para creer.

Y sé que no es fácil,
que me hago herida nuevamente
en cada travesía desde mi lengua hasta la nada,
pero me curas de nuevo en tu viaje de vuelta hacia nosotros,
me curas, muerdes mis heridas y las arrancas de golpe
y allí donde había piel rota y soledad
solo encuentro piel nueva, alma restaurada.

Por eso acepto todo lo que caiga sobre mí cuando te vayas.

Acepto que me elijas y me sueltes,
que la felicidad sea un disparo,
lo que dure este momento.

Acepto las tres llamadas pendientes que cuelgan de mi vida
con las que no sé qué hacer
para que no me revienten de pasado el paisaje.

Y también los domingos en que siento
que la vida está comunicando.

Lo acepto todo si eso abre la puerta
a que mis lunes sean tus lunes
y mi foto tu desvelo
y mis guerras un motivo
por el que hallar la paz contigo.

Me dicen que te olvide y tienen razón,
pero lo dicen porque no saben lo ligeros
que son dos amantes cuando es correspondido.

No entienden que te necesito.

Te necesito porque despedirse es una palabra demasiado grande
y no lo entienden.

Y porque me están subiendo los tres polvos de más que te debo,
como una droga que no consumes pero afecta
y no lo entienden.

Y vuelvo a ti porque no es posible ponerle vallas al amor
y cada uno elige el modo de volarse
y no lo entienden.

¿Dependencia? Por supuesto.
De la felicidad que traes,
de ser nosotros,
posiblemente.

Les digo eso.
Por eso vuelvo a ti,
a chocar de frente contra la felicidad,
a caer de boca contra la felicidad,
a romper mis dientes contra la felicidad.
Me equivoque o no,
para mí eres eso,
la calle que conduce
a la felicidad.



En su propia web, Marwan publicó en su día una segunda parte del poema, aquí os la dejo también.

LA HISTORIA DE LOS AMORES IMPARABLES (II)
 Nadie puede salvar a otro de sus dolores, de sus seísmos, de sus incendios elegidos. Cada uno tiene su precipicio del que enamorarse, el huracán que lo hace sentir tan vivo como devastado acaba dejando su pasado cuando éste se dirige al porvenir.

Intentamos rescatar al resto para que no les duela, para que no tropiecen, pero cada uno toma sus decisiones, cada uno hace sus elecciones y poco podemos prevenir. ¿Qué le dices al joven que vive una relación de bandazos en la que alterna tormento con pasión en carne viva? ¿Que se aparte de alguien que le provoca ese fuego irreparable? ¿Que renuncie a esos minutos que nunca más tendrá en su vida? ¿Que no juegue el torneo? ¿Te dejarías tú convencer por alguien que te dijera eso? ¿Por alguien que te sugiriera que midieras, mientras tú flotas por encima del colchón al lado del rostro más hermoso, del cuerpo más devastador?

Necesitan vivir esas pieles para aprender que esos amores dan muy buenos poemas y muy malos momentos, noches de ensueño y días rotos, expediciones a lo desconocido y el asco de los sueños al romperse contra el suelo, cumbres y plagas. Necesitan esa pasión destructiva para aprender algo, lo que sea que necesiten aprender: que ningún amor puede salvarlos, que la pasión es impagable pero se apaga y entonces deja al descubierto un amor raquítico de vuelos sin motor y pérdida de todo. Tienen que perder para crecer. Perder, solo eso. Necesitan perder la inocencia, probarlo, golpearse, deshacerse en el placer, acribillarse, diluirse el uno en el otro, romperse el uno al otro, matarse el uno al otro, beber del manantial de sus sentidos antes de pisar tierra firme.

Y nos duele. Nos duele no poder rescatarlos de aquello que nosotros vemos (o ya vimos en nosotros) y ellos, ciegos de saliva no ven. Pero no podemos vivir por nadie, aprender por ellos, traspasar nuestra experiencia con las manos como quien entrega un paquete a otro. Cada cual tiene su tiempo, cada corazón se rompe de un modo y cada uno elige el camino para ser feliz aunque en este caso sea el camino para dejar de serlo. Porque el fuego que arrasa solo deja ceniza a su paso y hay que asumirlo. Porque el amigo o la hermana que se hunde en esos rotos algo tiene que probar, algo tiene que aprender y hay que hacerlo, sea como sea, dejar libre la pista para que se estrelle a su manera y esperar. Esperar a que un día ya esté todo lo suficientemente roto como para que solo le quede un amigo o un familiar al que agarrarse para salir de la espiral que nos fabrica la pasión cuando es sin parachoques. Y ahí estaremos esperando para ayudar, como otros lo estuvieron con nosotros.


He escrito esto porque tengo un amigo que pasa por esto y ha dejado sin pistas a una mujer maravillosa con un agujero en la tripa. La ha cambiado por una pasión ciega de caballo desatado, atizado por un deseo inabarcable que le clava las espuelas y no se ve capaz más que de una cosa: correr hacia ese cuerpo. Correr sonámbulo, en un sprint hacia una pared con nombre de mujer. Pobre. Le deseo la mejor de las suertes porque le va a hacer falta. No sabe dónde se ha metido, ni lo más importante, en quién se ha metido.

Marwan
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